Una noche de farinada de repassos en Ca Massita

Hace tiempo que tenía ganas de ir a Ca Massita, muchas. Nunca había estado en Vinaròs (de hecho, creo que jamás había puesto el pie en la provincia de Castellón) así que los 200 km de noche y autopista se me pasaron volando. Ca Massita es una pequeña panadería familiar; cinco generaciones haciendo pan, y en el mismo local desde hace casi cien años. Hoy en día Sergio e Ignasi están al mando de la hornada y Elena se les une a las 7 en el mostrador.

El obrador es espacioso, suena la radio y corre el café: de termo suave para Sergio, de cartucho fuerte para mí. En esta panadería, como en tantas otras, sobra sitio, hay una extraña sensación de vacío, su extensión es exactamente la del espacio que ocupaban antaño muchos más panaderos. Dispersos por los rincones quedan vestigios de otra época; la balanza con monedas del tiempo de Alfonso XII (Ignasi se sorprendió cuando le leí la fecha, 1879). Da escalofríos imaginar que puedan llevar ahí desde poco después de abir la panadería en 1855, ¿las depositaría ahí la mano del tataratataratatarabuelo de Elena? Sin duda, son las manos de los panaderos lo que más sorprende y fascina al conocerlos.

Esta noche se ha estropeado una pieza de la fermentadora; esa pequeña válvula ya de camino desde Italia les ha obligado a empezar antes, para darle al pan el tiempo suficiente. No obstante, Sergio reconoce que (además de dejarle más tiempo para dormir) el pan reposado en la fermentadora tiene más alma y fondo; las bacterias tienen tiempo de darle profundidad de sabor y aromas. En la imagen superior, una divididora de masa; pesas una gran porción de masa y la divides por volumen, así te ahorras pesar pieza a pieza (luego, incluso si quieres hacer piezas más grandes, puedes juntar varias piezas para llegar al peso deseado).

En plena hornada, Sergio cortando barras. En un momento de la noche, y sin saber muy bien cómo, empiezan a salir a un ritmo incesante las piezas calientes: las barrotas, los estirats, los catalanets, etc.

Pasados los momentos panaderos de más trabajo, llega el turno de los pastissets. Los hace Ignasi con mimo según la receta familiar. Para empezar hace una barrejeta (mezclita), la típica mezcla local de aguardiente y moscatel, y luego afina la amasa golpeándola contra la mesa con gran violencia. Yo amaso a mano cada semana, y cuando digo que lo hace con gran violencia quiero decir que, de no ser un hombre risueño y afable, podría infundir miedo (!). De manera increíble, esa violencia desaparece cuando sus dedos entretejen con delicada pericia los bordes de los pastissets una vez los ha llenado de cabello de ángel.

Salidos del horno y pasados por azúcar, los pastissets son bellos, perfectos. Debajo, su prima la farinada de cabello de ángel; una especie de dobladillo dulce hecho con la masa del típico panquemao. El preludio perfecto para el pan que me ha traído hasta aquí, una criatura mítica, arcaica, de otro tiempo: la farinada de repassos. Explicar su composición y elaboración es difícil, so pena de que te tomen por loco; así que lo mejor es comenzar por hincarle el diente, ya habrá tiempo para explicaciones después.

La farinada de repassos es una masa integral, dulce, con un relleno de canela y limón; sorprende por su textura y sabor. La masa es densa y el relleno tiene una textura cremosa, no especialmente grasienta y fresca. En seguida te preguntas si aquello es algún tipo de mazapán o bien crema de alguna nuez. Pero la respuestas es maravillosamente simple; no es más que harina. En dos líneas: se trata una masa harina integral que se rellena de harina mezclada con agua y aceite (aromatizada con canela y limón, eso sí). Desde el primer día que me lo contaron, pasando el momento en que por fin lo pude probar, hasta el día en que escribo estas líneas, no ha habido un instante en que no me haya dejado de maravillar el ingenio de quien preparó algo así la primera vez.

La harina que se utilizaba tradicionalmente era la «tercerilla», un producto basto, casi más propio de la alimentación del ganado que de los panes que gustan hoy en día; al ir cerniendo la harina (repasándola) se obtienen las diferentes calidades. Lo asombroso es que, una vez elaborada la masa con este cereal rico en salvado, se rellenaba con una mezcla de harina, canela y azúcar. Me imagino las circunstancias que empujarían a alguien a rellenar de más harina una pieza de harina serrinosa… y me sorprendo ante la inteligencia creadora que nace de la necesidad. Aún más asombroso es que, en la elaboración tradicional, se incluía en este mejunje un poco de pimiento rojo asado, escalivado, una verdura sorprendentemente dulce.

A continuación un paso a paso de su elaboración, por las expertas manos de Ignasi. Tras estirar la masa a rodillo (la masa se preforma someramente y se deja reposar para conseguir extenderla sin problemas con la ayuda de un poco de aceite, no harina) se rellena de un puñado de la mezcla de harina, canela y azúcar. ¿Cuánta harina? Muy sencillo, la que cabe en las manos de Ignasi: llena las tortas de masa con harina con un donaire digno de mención, sin errar el gesto; igual que lo habrán hecho panaderos vinarocenses durante generaciones. En la harina hace un surco profundo, ralla un poco de limón y lo llena con agua y aceite, calculados también con la milenaria ciencia de la ojimetría. En cuanto el líquido toca la harina, esta comienza a teñirse por la canela. Como en una vieja pócima, la canela y el limón comienzan a obrar su magia. Y ahora viene una de las partes más asombrosas; Ignasi simplemente cubre la superficie del líquido con harina y lo encierra todo (sin mezclarlo) con el resto de la masa. El tiempo de fermentación y la magia de la farinada hacen que, para cuando la pieza sale del horno, la crema se amalgame y quede con una textura deliciosa (en la última foto se ve la farinada tradicional con pimiento asado).

No he conseguido saber desde cuando se elabora este pan dulce; pero hoy en día apenas tres panaderías de Vinaròs mantienen la tradición. Es notable el esfuerzo del horno Ca Massita por dar a conocer una parte viva del patrimonio panadero de este rincón de Castellón. Sin duda el pan me volverá a traer aquí.

Ya amanecido, el obrador se llena de luz que entra por un curioso patio interior. En la imagen, Sergio, Elena e Ignasi, guardianes de la farinada de repassos.

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La memoria del pan

Historias, gentes, recetas: pan.

Después de 4 años de cotidiano relato de lo comido, en el blog ¿Te quedas a cenar?, y de lanzar la aventura de El foro del pan el mes pasado, llega el momento de abrir un espacio dedicado en exclusiva al pan; un rincón donde quepa la gente que lo cuida y lo ama, recetas y curiosidades sobre su elaboración e ingredientes, así como vivencias relativas al pan en toda su extensión.

He comenzado por llenar un poco los archivos con entradas panarras de ¿Te quedas a cenar?, algún texto interesante y fotos llenas de pan, espero que esta nueva casa luzca un poco bonita desde el primer día.

Bienvenidos.

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Haba, rey, recuerdos y especias

(Publicado en el especial «Ideas de navidad» del periódico La Vanguardia, 14.12.2009)

Las Navidades son un delicado engranaje de recuerdos, engarzados detalle a detalle, y el pan no es una excepción. No es casualidad que, allá donde es un alimento cotidiano, haya elaboraciones especiales que, tampoco es casualidad, están ligadas en nuestra memoria a momentos únicos. La capacidad evocadora del gusto, y su memoria, se nutre en estos casos de toda una artillería de especias, texturas y aromas preciosos.

Hoy en día es fácil olvidar el valor de estos panes festivos. A diario nos rodean los más exquisitos manjares, alimentos exclusivos que muchas veces podemos comprar independientemente de la época del año o el lugar donde vivamos. Por eso reconforta que haya recetas que esperan a ocasiones especiales. Una manera sencilla de apearse del torbellino que nos proponen la publicidad y los supermercados es elaborar alguno de estos panes festivos en casa. ¿Por qué no lanzarse? Estamos acostumbrados a disfrutar del olor del pan, pero hay otros placeres que sólo conocen los panaderos. Es fácil, puede empezar por hacer una infusión de azafrán en leche o majar unas especias en el mortero: deje que su instinto le guíe.

Una de las experiencias panaderas más placenteras es hacer, por ejemplo, un Stollen. La receta de este pan dulce alemán lleno de mantequilla y frutas confitadas viene directa del medievo y te premia con unas sensaciones que da vértigo hasta nombrar: cardamomo, cilantro, clavo, matalahúva, nuez moscada, macis, pimienta de Jamaica, canela, anís estrellado. Si las especias son buenas y se elabora con cariño, el resultado nada tiene que ver con los dulces llenos de aromas artificiales que se encuentran por estas fechas. No obstante, es un placer que hay que cultivar con paciencia ya que, una vez horneado, tiene que madurar días, si no semanas, antes de ser consumido.

Al preparar panettone suceden también cosas maravillosas. Hay un momento especial, único: cuando incorporas la mantequilla a la masa elaborada con fermento natural, leche y huevos. El aroma y la textura de esa masa son un placer tan grande como el comer y compartir posteriormente el dulce. Estas texturas y sensaciones de hoy serán, sin duda, los recuerdos de mañana; un buen motivo para juntar a toda la familia en la cocina y compartirlos.
El tradicional roscón de reyes es un pan gratificante para el panadero casero; una masa suave y sedosa, enriquecida con leche, mantequilla y agua de azahar. El delicado perfume hace que sea un momento para recordar; y de eso se trata. Llevo semanas preguntando a amigos y conocidos sobre sus recuerdos en torno al roscón. De manera casi unánime mi pregunta desencadena una avalancha de anécdotas, se van desenrollando como un hilo, despacio al principio y como un torrente después (haga la prueba). El recuerdo del pobre bollo apachurrado por las prisas y la curiosidad de saber dónde se esconde la sorpresa; el recuerdo de las personas con las que compartíamos las Navidades de la infancia: casi se pueden recordar los roscones como quien pasa las hojas del libro de la memoria.

La manera especial que tiene el pan de relacionarnos con nuestros ancestros es algo universal. En Ucrania, por ejemplo, preside la mesa navideña el kalaj, una trenza de pan con leche y huevo (prima de la jalá judía), muchas veces con forma de corona, no muy distinta del familiar roscón. Durante la cena se hace con este pan y unas velas un centro de mesa a modo de pequeño altar en recuerdo de los que ya no están.

Desde los lussekater suecos, unos bollitos de azafrán que se toman por Santa Lucía, al black bun escocés, una empanada rellena de pasas y frutas para año nuevo, las tradiciones panaderas de todo el mundo hablan del amor y el respeto por los ingredientes exclusivos y las formas simbólicas.

Cualquiera que sea su elección estas Navidades, tanto si se toma el tiempo y honra a la milenaria tradición de hacer pan en casa para los suyos, como si compra un pan festivo artesano, piense por un momento en esos ingredientes extraordinarios; saboree un poco de historia.

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Llonguet

(Publicado en ¿Te quedas a cenar? en octubre de 2009)

Después de la memorable noche en el Forn Casanovas del Poble Nou con Agustín, el panadero, he aquí un pequeño homenaje al llonguet a modo de breve estudio anatómico.

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El llonguet es un panecillo regordete, abultado, que quiere salirse de sí mismo, pariente del pain fendu francés, pero con una elaboración diferente. Si el pain fendu se elabora con una profunda hendidura (como dice el nombre, vaya) y posterior plegado de los lados, el llonguet es fruto de un pliegue y enrollado cuidadoso. La corteza es crujiente, aunque permite un bocado fácil, imagino que de ahí su popularidad para el bocadillo del almuerzo y la merienda.

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La parte inferior es casi tan característica como su icónica greña longitudinal. La base del llonguet tiene una preciosa hendidura central con forma de huso. Si todo el llonguet es extremadamente ligero y suave al tacto, este canalillo inferior es casi terciopelo de harina; una leve presión con el dedo vence esta capa de corteza clara y delicada, como si fuera un bizcocho de soletilla.

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Desde el día que lo vi en el escaparate del Forn Casanovas, lo que más me llamó la atención fue esa corteza con líneas que imitan los anillos de la madera o los estratos del suelo. Al enrollar el llonguet, las capas de masa van componiendo este increíble motivo.

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Y, por fin, la textura del llonguet. Es un panecillo ligerísimo. Sorprende desde el momento que lo sostienes en la mano; parece que fuera a estar hueco, y es que la miga es tan suave y ligera.

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Al cortarlo, se puede ver claramente cómo está elaborado el pan y cómo ha crecido con el calor del horno y el contacto con la solera de piedra. En la imagen se aprecian las características más típicas del llonguet: la gran cantidad de corteza en relación a la miga; lo aireado y ligero de la miga; y el peculiar enrollado que crea la abertura central.

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A la búsqueda del Llonguet – Una noche en el Forn Casanovas

(Publicado en ¿Te quedas a cenar? en octubre de 2009)

Barcelona es un sitio de pan; lo había descubierto mucho antes de dar cursos. Recuerdo que trabajé una temporada en Sabadell. Allí tenía una compañera, Judit, que se levantaba de la silla cada mañana a las 11:30 a comer el bocadillo del almuerzo. No necesitabas reloj para saber qué hora era: cuando ella se levantaba, eran las 11:30. Siempre me ha sorprendido esta pasión por el entrepà, desconocida (o perdida, tal vez) en Bilbao. Cuando empecé a dar cursos, aprendí muchísimo de las tradiciones de aquí, de sus panes y de sus gentes. Uno de los panes que se nombra con frecuencia es el llonguet. Curiosamente, nunca es la gente joven la que lo nombra, siempre es la gente de un par de generaciones atrás; parece que en el recuerdo de muchos catalanes está el llonguet de los bocadillos de su infancia.

Yo nunca había oído ese nombre ni visto un llonguet hasta que un día, volviendo de comprar fruta, me topé con él en la panadería de debajo de casa, el Forn Casanovas, en la calle Castanys, al lado del mercado del Poble Nou. Ahí estaba: pequeño, regordete y con una greña que se abría con gran belleza. Durante unos meses he mirado el escaparate de la panadería con admiración, incluso los he comprado, para abrirlos, como quien observa con curiosidad el funcionamiento de la maquinaria de un reloj.

Por lo que he podido ver y oír, el llonguet está de capa caída, ya no es tan fácil encontrarlo en cualquier panadería, y la gente joven muchas veces ni lo conoce ni lo come. No sería raro que, con el tiempo, fuera otro de esos panes que acabe por desaparecer. Después de un tiempo de pensarlo, me he propuesto hacer un pequeño homenaje al llonguet (como hice en su día con cosas bilbaínas como el bollo de mantequilla o la Carolina). El otro día hablé con el panadero, Agustín, y le pregunté por el llonguet. Él me invitó a pasar una noche en la panadería a su lado, viendo cómo elabora los llonguets y el resto de panes.

El Forn Casanovas es un lugar increíble. Por fuera parece un pequeño despacho de pan sin más, en una pequeña calle, con un pequeño mostrador; pero en cuanto entras al obrador todo cambia, es como trasladarte a otro tiempo. La panadería ha ido pasando de generación en generación. El abuelo de Marta, la propietaria actual, la compró a un panadero, así que es un lugar centenario. Agustín trabaja solo aquí cada noche; cuando ya han cerrado hasta los bares, empieza su labor de artesano. Lo más sorprendente es que su modo de hacer pan también es el de antes. Al entrar en la gran sala del obrador sorprenden los grandes armarios con ruedas e inmensos cajones donde fermenta la masa (no hay cámara de fermentación ni maquinaria sofisticada alguna, aparte de una máquina para dividir la masa). La primera amasadora que usa es «La frigeriana» de Talleres Petit, ni sabe calcular los años que tiene, me contó que hasta se la quisieron comprar para un museo. Es una maquina bella, en vez de una espiral tiene una especie de horquilla, como si fueran los cuernos de una extraña res. En la parte inferior de la gran cubeta para más de 100 kilos se pueden ver los dientes que usan los engranajes para hacer girar todo el mecanismo.

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Agustín pertenece a una casta de panaderos que está desapareciendo: la de los artesanos de antaño. Empezó con 14 años de aprendiz y, con más de 50, conoce su oficio al dedillo. Uno se podría pasar no una, sino cien noches escuchándole, observando y aprendiendo. Me cuenta que, en su día, el obrador tenía 6 panaderos, y de hecho existe un segundo horno abandonado en el sótano.

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Cuando llegó de Sevilla siendo niño, aprendió el oficio y los panes de aquí; cuenta orgulloso como su pa de pagés tiene una textura excepcional. Llegado el momento, se entretiene en explicarme la manera tradicional de enrollar la masa de llonguet, en espiral doble; y las nuevas maneras, con un pliegue sencillo (como de hojaldre) y enrollando cuidadosamente la masa en un apretado cilindro. El resultado es ese panecillo que se abrirá en el horno de manera espectacular. El llonguet es el primer pan que entra al horno, cuando éste está más caliente y seco: así consigue un pan ligerísimo, con una corteza mate de un precioso color y unas líneas como «aguas» que me siguen sorprendiedo igual que la primera vez que los vi.

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Así nos pasamos la noche, conversando; de vez en cuando me cuenta de los panes de Córdoba o Sevilla, de sus recuerdos de niñez. Como panadero le gusta crear especialidades, ahora mismo está haciendo un pan plano que fermenta 3 veces, el pan va cogiendo sabor y, por lo que me dice, gusta mucho. Lo veo desgasar este pan y volverlo a poner en su bandeja, dentro de otro armario de madera. También me enseña la forma tradicional de plegar un bollito de Viena. Toma la esquina de un trocito de masa aplastada, y lo va remetiendo con rapidez, mientras lo gira con la otra mano. Me dijo que, antes de que se usar el marcador metálico de Vienas, a los panaderos les daban 20 céntimos por bollito. El marcador, siendo un objeto de una belleza especial, simplemente aprieta la masa, pero que no le otorga la textura del plegado.

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Ver trabajar a Agustín es más que entretenido; es como una hormiga, no para un solo momento. Entre masa y masa, baja al lugar donde está el horno para comprobar la temperatura, ajustar la humedad, etc. Por fin, una vez que ha acabado de preparar las masas, llega el turno del horno.

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El horno del Forn Casanovas es espectacular. Es un Sebastiá con solera rotatoria, una especie de inmensa rueda de molino de más de 3 metros de diámetro que se mueve al accionar un volante de acero. Para meter y sacar los panes se usan unas palas con una pértiga de más de 2 metros y medio. Manejar un horno así no es fácil, hay que girar la solera cada vez que metes el pan, y hacerlo de una manera que sea lógica y que haga posible la cocción homogénea de la hornada y su fácil extracción posterior. Nunca mejor dicho, es un asunto que tiene mucha miga.

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El momento del horno es de una actividad que roza el frenesí; no sé ni cuantos cientos de barras pude contar. Las barras, los medios, los cuartos, las integrales, las sin sal, los redondos, etc. Según va marcando el pan, me cuenta las diferentes maneras de hacerlo. Por ejemplo, en el Forn Casanovas él suele hacer las barras con una greña corta, pequeña, que es más suave para la dentadura de los clientes (y, claro, les gusta más); en algunos panes hace un marcado que siempre me ha parecido elegantísimo. Marca el pan y después lo deja fermentar, con lo que al hornearse no se rompe, sino que crea unas ondulaciones muy características.

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El pa de pagès tiene una forma especial; al formarlo se bolea suavecito, con un movimiento que requiere de una pericia especial, sin apretarlo demasiado, pero dejándolo lo suficientemente tenso como para que se abra sin perder la forma circular. Agustín lo hace con una sola mano, en un par de rápidos gestos. En el horno se cuede «boca arriba», al contrario de la mayoría de los panes, entonces es cuando se abre creando esa corteza tan espectacular

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Sin darme cuenta han llegado las 6 de la mañana. Es más, Agustín me dice riendo que, debido a la charla, ha acabado algo más tarde de lo habitual, e incluso que algún pan (como los llonguets, precisamente) ha salido un pelín sobrefermentado.

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Según amanece, una vez recogido y colocado el pan en las estanterías, se apaga la luz del horno. Sin ninguna ayuda, el horno mantendrá los 200º hasta la próxima hornada.

Ya en casa, de día, antes de acostarme, me invade una sensación extraña. Por un lado, la plenitud por el privilegio de haber estado en compañía de un artesano como los de antaño; por el otro, la inquietud de ser testigo de unos gestos y unas maneras de hacer que desaparecerán cuando Agustín se tome una merecida jubilación dentro de unos años.

PD: Acompañando a esta entrada, he hecho un pequeño homenaje al llonguet, aquí.

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Diario de un aprendiz de panadero: el final

Llegó el momento de marchar. Es hora de ir recogiendo los recuerdos, los ratos pasados en este lugar; limpiarlo bien todo, apagar los hornos, y salir sin hacer mucho ruido. Como cada amanecer, cuando la noche acaba y dejo el obrador con las primeras luces, pedaleando hacia el Este.

DAPMETHorno

La noche en un obrador tiene algo, tal vez me lo parezca porque, además, soy una persona nocturna; pero hay una camaradería especial, que no entiende de idiomas, y sí de gestos, de cafés y de masas.

DAPCafes

Así que estoy seguro de que este mes será como un souvenir que nous allons chérir toute notre vie. Como recuerdo físico, me llevo tan sólo una lata de canela vacía.

DAPPolak

Es holandesa y, curiosamente, se llama Polak (y tiene los colores de Polonia). Será la mejor caja de galletas. Me gusta llevarme algún objeto de los sitios donde vivo: mi taza preferida de Amsterdam, mis alforjas de Hamburgo, multitud de pequeños objetos de los años en Londres.

Ya está.

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La misma sensación que se ha repetido cada mañana: dejar el trabajo atrás y salir a una ciudad tranquila, a un mundo casi por hacer. La semana que viene, vuelta a Barcelona, a preparar los cursos para este otoño y, más allá, pensar cuál será el siguiente destino.

La última canción de este diario es mi canción polaca favorita: «My» (Nosotros), del grupo Myslovitz. Habla de nosotros.

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Diario de un aprendiz de panadero: turno de día

Esta semana me paso por el turno de día, es algo que me apetecía mucho conocer antes de volver. Poder ver lo que hace esa gente de la que, por la noche, tan sólo vemos las huellas. Y la verdad es que aún estoy impresionado: es un paraíso de perdición y mantequilla. Las neveras están llenas de lingotes planos de 1 kg de mantequilla Lescure de Charentes, y de masas de hojaldre en diversos estados de preparación.

DAPNeveraLescure
Las masas hojaldradas (la mantequilla, en una palabra) son las grandes protagonistas. Desde el hojaldre hasta los croissants y las napolitanas, las caracolas, etc. Hacemos un hojaldre de seis vueltas que se tarda tres días en elaborar, alucinante. Capas y capas de mantequilla francesa embutidas en masa.

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Tocar la masa de croissant es simplemente increíble. Cuando estiras los triángulos de masa para formar los croissants o las napolitanas es como tocar el más fino terciopelo, suave, frío, casi helado…y se te quedan las manos con un aroma a mantequilla limpia. Da gusto enrollarlos cuando la masa aún tiene buena consistencia; al de unos minutos coge temperatura y es una lata.

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Para el relleno de las napolitanas (aquí también les dicen «pain au chocolat») usamos exclusivamente chocolate belga fundido, sin mantequilla ni nada.

En el turno de día mi mentor es Mariusz, lleva ya bastantes años en esto y tiene una gran destreza, ya sea con el hojaldre, el pan o los pasteles. Me ha enseñado a manejar la máquina de rodillos para hojaldre; es como estar al timón de un velero. Giras la rueda y cambias el grosor del hojaldre; según gira la cinta transportadora, pasa la masa y vas reduciendo el grosor al hacer los pliegues, hasta que queda una fina capa de cerca de 2 metros de largo. Yo he hecho hojaldre y croissants en casa, hace años, con rodillo y mármol, pero estar aquí haciendo hojaldre es un sueño hecho realidad.

DAPMaquinaHojaldre
Otros objetos mantequillosos y de perdición que elaboramos son los brioches. Hacemos un brioche sin concesiones: mitad de mantequilla por peso de harina y huevos como único líquido. Los elaboramos en molde grande, también como pequeños brioche à tete (formándolos previamente como Barbapapa) y como briochitos planos para los bocadillos de la noche, (los aplanamos como pitas).

DAPBriocheAteteDAPBriochitosPatties
Pero en el turno de día también trabajan las chicas de los dulces, no paran de elaborar una variedad sorprendente de cosas ricas: merengues que luego se terminan con puré de maracuyá, como si fueran carolinas tropicales (qué peste se me ha quedado en las manos después de pelar varios kilos), macarons, piruletas de frambuesa, brittle de chocolate o sésamo, grisines de parmesano y romero, etc. Además, siempre cae alguna que otra cosilla de las que preparan en los restaurantes.

DAPCupcakeDAPMaracuya
Por fin he podido ver cómo se elaboran cosas que ya conocía del turno de noche, como las tartas cuadradas de fruta (con base de dos capas, de crumble y  crema de almendra), y también las tartas saladas. Hoy había una muy española de jamón serrano (sorprendentemente bueno) y guisantes; y otra de brécol, gorgonzola y cebolleta.

DAPTartasFrutaDAPTartaBrocoli
Lo más chocante es que, habiendo vivido el último mes con horarios de vampiro, el turno de día para mí es en realidad un turno de noche, así que venzo al sueño gracias a la emoción del hojaldre y a que tomo más café que durante mis noches de pan. Mañana vuelvo al turno de noche, con mis compañeros de siempre.

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